A propósito de “Una librería en Berlín”

Por Pedro Aranguren @PedroAranguren

Una obra,  “Una librería en Berlín”, de Francoise Frenkel, hizo mover la pluma del maravilloso escritor Patrick Modiano para prologarla con esa nostalgia de la que nos tiene acostumbrado el gran escritor galo, en el mejor estilo rememorativo de ese andar como sin rumbo que impregna su aquilatada pluma reconocida por un Nobel de literatura. Dice Modiano, refiriéndose a la autora que el vendaval de la ocupación nazi de Francia le hizo dar de bruces con la región de la Alta Saboya, “oye el mismo murmullo de un chorro de agua que yo también oía, el silencio de la primera hora de la tarde…”. Pura poesía, pura nostalgia, pero de la buena. ¿Habrá alguna nostalgia mala?

 

La maravillosa pluma de Patrick Modiano prologa “Una Librería en Berlín”

En esta obra la autora narra el primer oleaje del movimiento nazi, estando ella regentando (era la dueña) de una librería en Berlín, de ahí el título de la obra. Habla de “la noche de los cristales rotos” cuando los militantes nazis irrumpieron contra las tiendas de los judíos, protegidos por la policía, cuidando que ningún judío fuera a defenderse legítimamente de tal patraña.

Ella, la autora (es un libro autobiográfico) huye horrorizada a Francia (era polaca y judía) ante los primeros desmanes del movimiento nacionalsocialista. Cuenta en este libro memorable cómo  judíos ricos huían de Alemania (una verdadera estampida), perdiéndolo todo, solo por huir de  tal horror en sus primeras fases, pues todavía ni se asomaban en el horizontes los campos de exterminio. Pero por desgracia, muy pronto llegan a Francia los nazis y se convierte en una tierra ocupada por la barbarie y funge así el colaboracionismo francés bajo el famoso Régimen de Vichy, una mácula fea en la conciencia histórica de ese hermoso país.

 

Mariscal Philippe Pétain, firmó el armisticio con Hitler que abrió el colaboracionismo francés con los nazis

En esta obra se ve como los desastres políticos se van incubando como en cámara lenta, sobre el futuro incierto. Todos creen que la cosa no pasará de ahí, nadie se imagina en principio que los primeros censos de judíos terminarán en mandarlos a campos de concentración para exterminarlos. ¿Quién podía imaginar algo así?, por eso es que todos acuden solícitamente a hacer sus interminables colas para censarse, “a cumplir con la ley”. Los buenos ciudadanos son cumplidores de la ley, aunque las amenazan se cernían sobre el horizonte sombrío.

Todos se vuelven colaboracionistas, incluso los reos, siendo pertinente lo que se pregunta Hannah Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, cómo ingentes masas de judíos pudieron colaborar con la carnicería nazi sin hacerle resistencia, dejándose arrastrar pasivamente como sin voluntad cuando eran llevados al matadero de los campos de concentración, sabiendo que eran llevados a la muerte, conducidos por unos pocos gendarmes nazis. ¿Sería el miedo, sería la costumbre, la falta de esperanza? ¿O todo eso operando en la psique cansada y resignada de los prisioneros judíos?

 

Esta obra nos hace reflexionar hondamente sobre las catacumbas a que el ser humano puede ser conducido por “inteligentes” regímenes oprobiosos que va montando sus trampas paso a paso y la gente va cayendo en ellas porque a veces ha perdido toda esperanza;  bajo una cadena de frustraciones la gente termina rendida, postrada psíquicamente. Pierde la noción de “quién soy”.

Claro, por detrás del colaboracionismo, entre sus comisuras, surge la heroica resistencia francesa, clandestina, que pagó con cárcel y con la muerte hacer resistencia al gobierno y a los nazis, arriesgando esos héroes vidas, familia, y todo. Unos colaboran, los más, otros resisten, se niegan a la muerte y a la esclavitud. Una forma de resistirse a la muerte es no dejarse atrapar mansamente por ella, sí, tal vez de morir, pero haciéndole frente.

Pero el Mal te atrapa, sistemáticamente te atrapa, utiliza todo el poder del Estado  hasta ponerte grilletes mentales, que es el peor de los horrores, la indignidad misma.

La autora luchó, no se dejó vencer, rozó la muerte en arriesgado lance y pudo finalmente escaparse a la dulce Ginebra, a los anchurosos horizontes de la libertad.

 

Ginebra, lo que le costó a Francoise Frenkel llegar ahí

Maravilloso libro que nos habla de cómo una tragedia se va incubando, como si fuese un río que va creciendo y te va tomando hasta hacerse emergencia, y miedo y dolor y frustración, pero nos habla también de que el espíritu es libre, o para postrarse y volverse esclavo, o para seguir soñando, pese a las noches más feas, con el alba, con la luz, con el amor por la libertad.

Somos irresistiblemente libres, pero a veces miserablemente abyectos, sabandijas. Creo que en esa lucha entre luces y sombras, quien mejor está dotado para vivir tales tragedias es el que más ama la vida.

Los muertos en vida pueden vegetar, dejarse arrastrar, arrastrarse, ¡qué les importa si están muertos en vida!

 

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