Danilo Anderson: Amando su profesión y respetando sus postulados

Por: Carlos Arturo Craca Gómez

Danilo estaría cumpliendo  51 años. Medio siglo y una ñinguita. En una  mañana agitada que implica la vida universitaria me topé  con el “flaco” del barrio “El Carmen” de La Vega en los pasillos de la Escuela de Geografía.  Yo  llevaba un recado del maestro J.R.  Núñez Tenorio para el profesor Orlando Venturini, director de la Escuela de Geografía.  Al compañero le pregunte que si conocía al Dr. Venturini,   dijo que si y me indicó el aula donde impartía su   clase. En  otras ocasiones nos saludabamos en los pasillos de la Facultad de Humanidades; para entonces  yo había concluido los estudios de filosofía y me había inscrito en la Escuela de Derecho para revertir a futuro los eventuales infortunios de no tener un centavo  para sufragar los gastos de la existencia. Yo   era un activista por la causa y la conquista de los derechos estudiantiles y por una universidad autónoma y autogestionaria que impulsara la idea de la Renovación de la Renovación en la academia. Danilo Baltazar Anderson era ajeno a la militancia partidista no así al pensamiento subversivo, crítico y revolucionario, un militante de la vida sin organización política a la cual rendir cuenta.  En el fondo hacía suya la proclama anarquista: “Ni Dios ni amo ni patrón”.

Lo recuerdo con nostalgia,  trotando o haciendo calistenia en el estadio universitario. Cada zancada buscaba  una meta, no se cuál pero evidentemente la tenía, eran suya y la guardaba, no la compartía. Simplemente era su manera de ser.  Tiempo después  nos cruzábamos en el rápido andar por la Escuela de Derecho. Yo avanzaba en mis estudios, él recién comenzaba. Uno que otro encuentro en el cafetín de Rafael y alguna que otra vez  en el estadio olímpico de la “Casa que Vence la Sombras”. Danilo,  siempre  corría por la cuidada y mantenida pista que el negro “Foreman”, recordado obrero ucevista,  preservaba con extremado celo. Buscaba algo;  algo que no encontraba pero que  lo empujaba a superarse: Ser abogado. Meta que logró en 1998.  Era un chamo tranquilo, taciturno, inteligente y observador. Agudo en el pensar y con muchas ganas de superar las dificultades y carencias económicas que rodearon su infancia y la de los suyos.

Así paso el inexorable, el tiempo, verdugo que todo lo puede: Yo me gradué de abogado  y hube de salir al ruedo para no seguir “pelando”. Por aquellos días al Dr. Javier Elechiguerra  fue designado Fiscal General de la República; ya en posesión del cargo  me nombró  Director de Familia y Menores, hoy Dirección de Protección Integral de la Familia. Por órdenes del Dr. Elechiguerra se llamó a   concursos  de oposición para optar al cargo de fiscal auxiliar,  tuve el honor de entrevistar  al “flaco” Danilo quien aprobó las preguntas que conjuntamente con dos jurados más le formulamos. Obtenido los resultados le partícipe al joven fiscal que se requería con un urgencia un Procurador de Menores en Carúpano, estado Sucre, sin pensarlo dos veces agarró sus macundales y arrancó a ejercer su ministerio fiscal.

Por desavenencia con la línea del Dr. Elechiguerra hube de renunciar al despacho.  Al salir de la fiscalía perdí contacto con Danilo y a sugerencia de William Lara y Omar Meza Ramírez el pleno del Tribunal Supremo de Justicia  me designó Director General de la Defensa Pública.

Danilo comenzaba a despuntar como fiscal,  habían ascendido a Fiscal Ambiental con Competencia Nacional. En  el golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez demostró su arrojado coraje en defensa de la revolución,  comenzó a ascender hasta convertirse en un hombre clave en la investigación de los que habían subvertido el orden constitucional con el tristemente célebre “Carmonazo”. Imputó a los autores materiales del  golpe de estado del 11-A de 2002, de esa actitud corajuda  aparecieron los enemigos, se convirtió en   un blanco fijo, un objetivo que había que eliminar a como diera lugar,  calumniado como el que más por su indoblegable conducta frente a los sediciosos. Sobre el “flaco” se ha dicho y se dice cualquier cantidad de improperios y se ha tejido la maraña de la falsedad que sólo el tiempo se encargará de esclarecer.

Se dijo que vivía económicamente bien, que estaba full de plata. ¡Qué carajo! iba a tener dinero si vivía alquilado en la parroquia San Pedro sin mayores lujos, propietario de una camioneta y unos cuantos ahorros en sus cuentas bancarias,  además estudiaba  en una institución para policías pobres y policías jubilados que se  veían en la necesidad de matar tigres impartiendo clases sobre criminalística. A otro “perro con ese Hueso”. Yo que lo conocí y que compartimos muchos momentos de la vida universitaria y luego profesional no me como ese cuento. Ni siquiera bebía, no le gustaba. Disfrutaba de otros placeres. Hablaba con propiedad de la salsa, término que según él inventó Fidias Danilo Escalona. Vestía elegantemente, era un buen gourmet,  es cierto,  pero no por que había incurrido en prácticas indecorosas para darse sus gustos. Además, inteligente, con poder, famoso y cotizado estaba en  pleno derecho de disfrutar  lo deseado. Nadie ha dicho que eso esta proscrito o censurado. Teníamos una moneda estable y los bienes estaban al alcance del que ganara un sueldo digno. Sólo la hipocresía de turno y fraseología para la descalificación se atreven a proferir semejantes barbaridades.

En lo personal me une con su hermana la Dra. Lourdes Anderson y mi querida María “Lala”, su otra hermana,  junto al  Dr. Luis Islanda una amistad de solidaridad entrañable,  probada en el tiempo e incluso en la adversidad.

He leído algunos panfletos de gente que ni siquiera conoció a Danilo donde indican que el fiscal era rechazado por sus actuaciones.  Eso es bagatela y de la barata. Nunca sucedió.     ¡Mentira! La verdad es que era respetado. Se había ganado el afecto y la consideración de sus compañeros, evidentemente que para opositores al gobierno del presidente Chávez  era una pieza incómoda. Claro que era objeto de comentarios soterrados, corrillos y murmullos como suele suceder en el sistema de justicia venezolano donde el 90 por ciento de su personal incluyendo jueces, fiscales y defensores son opositores. Y a quien le “gusta ojos bonitos en cara ajena”.

El fiscal Anderson, en estos tiempos de turbulencia,  es una referencia contra las peleas  por liderazgos que lucen inútiles y contra las prácticas que hacen indigna la abogacía.  

A  diferencia de los que hablan de pulcritud desde la falsedad, de los que se anuncian como  defensores de valores éticos y morales pero rompen las normas  de respeto y  decoro en detrimento de la   dignidad de otras personas, de quienes hablan de derecho pero en función de sus privilegios,  de quienes defienden  lo público y sin embargo lo asaltan, de quienes no cumplen  sus responsabilidades y las entregan al mejor pagador, el Dr. Anderson es un referente para las nuevas generaciones de abogados. Así como lo escuchan.

Como abogado, ejerció con notable rectitud y solvencia moral.  Nunca tuve dudas sobre su profesionalismo.  Pero no sólo son las justas convicciones lo que llama la atención de su ejercicio profesional, sino su entrega a los valores de  este pueblo y su gente.

Allí hay un pueblo que lo reconoce, vecinos que no lo olvidan, amigos que lo extrañamos, por que esa es la palabra. Predicó con  su ejemplo.  Por eso escribir estas líneas  es un placer, a pesar –como diría el poeta- de los golpes de Dios,  un apabullante optimismo, porque él nos impulsa a  nuevos  desafíos. Danilo sentó un precedente  que nos llama a cavilar sobre el destino del sistema judicial. Una pregunta que luce sin respuesta.

Muchas veces el oficio de abogado  nos quita la voluntad para ver los méritos del otro y uno puede terminar en la negación de los principios de la generosidad, olvidándonos de las causas nobles y de la gente buena. Los miserables deambulan y no  cesan en su actitud incisiva. Danilo Baltazar construyó una manera de ejercer el ministerio fiscal, empinarnos para estar a la altura de las circunstancias. Recordar al “flaco” y predicar su   integridad bañada de dignidad  es  el mejor tributo que podemos rendir al “Fiscal Valiente”. Para regocijo de todos Baltazar murió haciendo lo que sabía hacer, amando su profesión y respetando sus postulados.  ¡Vuela alto, buen amigo!

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