Asesino por La Gioconda

Un desequilibrado artista húngaro que trataba de emular al genio Leonardo Da Vinci se propuso pintar una nueva Mona Lisa, pero culpaba a las jóvenes ilusas que le servían de modelo de no lograrlo y las mataba. También planeó robarse la famosa obra del Museo del Louvre, en compañía de un grupo extremista albanés 

Por ALEXANDER CAMBERO

El arte convirtió a Leonardo Da Vinci en un predestinado. En su tiempo generó admiración y rivalidades. Su audacia para emprender técnicas desconocidas lo colocaron en la brújula del interés general, se ensalzaba o rechazaba con la misma voracidad; ambas pasiones humanas encajaban perfectamente en la historia del ingenioso artista italiano nacido el 15 de abril de 1452.

En aquella época los virtuosos mantenían rígidos moldes bajo el poder monárquico. Quien osaba desafiar los parámetros establecidos estaba confinado al inflexible cuestionamiento público. Muchos artistas terminaron sus días en la cárcel. La hoguera se hizo asadero público de los incomprendidos. La genialidad que se atrevía a romper con los cánones establecidos terminaba incinerada ante la mirada horrorizada de la población.

Aquellos tiempos oscuros cubrían con su manto las ideas brillantes, el silencio se guareció en inspiraciones ocultas de notable creación universal. Quienes seguían las órdenes del reino transformaban su creatividad en sumisión de colores mustios. El talento se disfrazó de huella invisible, con tajos de sonrisas fingidas, un verdadero baile de máscaras en un engalanado teatro de perversos intereses.

El genial lombardo irrumpía contra las formas sacrosantas del poder hercúleo. Irreverente hasta más no poder, desquiciaba a las autoridades cuando recorría la ciudad con absoluto desparpajo, un genio que se multiplicó en sus creencias de un hombre con un espíritu libre.

Durante años fue construyendo bocetos que exteriorizaban sus inquietudes, nada de dejarse someter ante el poder. Aunque compartiera furtivamente con reyes, era demasiado visceral para quedarse en la medianía, planeaba vestirse de posteridad y lo logró.

En algún esquema olvidado se ciñó el traje de los siglos, jamás otro artista voló en el cielo de su grandeza. Leonardo Da Vinci expone su obra en el museo de la eternidad.

Una enfermiza admiración

Frank Nusmiekik era un aventajado estudiante de la escuela de Matisse en Debrecen. Sus profesores estaban maravillados con el talento que mostraba, sus avances eran tan extraordinarios que creían firmemente en que estaba destinado a convertirse en una figura refulgente.

Siempre andaba absorto en sus pensamientos, poco se comunicaba con maestros y compañeros, dejaba que hablaran sus obras que comenzaban a cotizarse en la primeras salas húngaras. Su sueño iba más allá de trascender en Budapest.

El señorío londinense acariciaba sus anhelos, París significaba brillar con los pinceles de una ciudad dibujada en el arte. Sin embargo, Florencia se transmutaba en el universo de sus sentidos. Conocía cada partícula de aquel museo a cielo abierto, no existía nada que no estuviera en su sentir. Cuando regresaba de allá su rostro se mostraba iluminado como portavoz de una herencia que traían consigo los siglos.

Como grandes oleadas sus maestros fueron advirtiendo su enfermiza admiración por Leonardo Da Vinci. Estudiaba arduamente sus bocetos, leía a todos sus biógrafos escudriñando cualquier detalle nimio que le sirviera en sus propósitos. De ahí su viajes permanentes a Florencia hurgando en su inspiración. En uno de los últimos consiguió obtener una joya documental: un manojo de esquemas sin concluir, incluidos algunos modelos de atuendos. Comenzó a utilizarlos para vestirse. Él mismo se encargó de elaborarlos. Pasaba horas en el espejo disfrazándose de su maestro, utilizaba las frases idiomáticas de la época para acercársele de alguna manera.

Decoró su casa en el sur de Debrecen como un palacio renacentista florentino. Su acelerada obsesión fue originándole muchos problemas en su entorno académico. En innumerables ocasiones fue conminado a corregirse. Al hacer caso omiso de las orientaciones, se vieron en la necesidad de expulsarlo de la escuela. Inmediatamente se mudó a Florencia para iniciar una especie de redención histórica del artista.

Llegó con todo un equipaje para ubicarse en las cercanías del casco histórico. Anhelaba resucitar su magnífica obra para enrostrársela a las élites perfumadas que regentaban museos para el lucro, creía que ellos eran depósitos de genialidades usurpadas por el reino del dinero. Esas ideas retorcidas fueron fermentando en su psiquis. Se imaginaba el renacer de Da Vinci desde el útero de una sociedad insensible que caería de rodillas ante el mayor legajo artístico de la historia.

Criminal por el arte

Acudía con asiduidad al Museo del Louvre, en París. Hacía la inmensa cola de apresurados turistas para entrar a la sala en donde está La Gioconda. Allí pasaba horas observando cada detalle del cuadro. Buscaba una conexión espiritual que lo atase con los pinceles mágicos, sorprendía su concentración en la obra. No le importaban los apretujones con los deseosos turistas que llegaban hasta el lugar, su interés era descifrar la mirada de la mujer en el juego de los colores.

Aquella obra pintada entre 1505 y 1518 concitaba toda su emoción. Durante cuatro años visitó el museo para cumplir con su primera premisa: Da Vinci tardó 4 años en pintar La Gioconda, cuadro que fue utilizado para decorar el cuarto de baño del rey Francisco I de Francia, en cuya corte el artista pasó 3 años.

Esa parte de la historia molestaba a Nusmiekik. Comenzó a creer que la opulenta monarquía francesa se había robado la obra para hacer alardes de su poder. El París culto que bailaba en los palacios, con su aroma de margaritas en los castillos levantinos, tenía que disfrazar el hambre de los ciudadanos pobres de la ciudad mostrando un museo que derrocara las ideas que nacen en las entrañas de las carencias. Fue así como el artista húngaro se creyó con la autoridad de crear una nueva Gioconda, que fuera el antes y el después de la historia. Fue escogiendo jóvenes que sirvieran de modelo para sus propósitos. Trajo chicas de varias partes de Europa sin resultados satisfactorios. Durante meses se ocupó de su proyecto.

En Florencia buscaba inspiración, la capital francesa le simbolizaba la ciudad que había despojado al genio de su obra cumbre. Conocía el inadvertido capítulo en el que Da Vinci fue a París con sus obras en un estuche de cuero. En el otoño de 1516, el pintor aceptó la invitación real del rey Francisco I para instalarse en el castillo de Clos-Lucé y a la edad de 64 años atravesó los Alpes en mulo con algunos de sus discípulos, entre ellos, Francesco Melzi y Batista de Villanis, su fiel sirviente milanés.

El rey de Francia había invitado a Leonardo Da Vinci a residir en el apacible castillo ubicado en el Valle del Loira y en 1516 el pintor se instaló allí para vivir sus últimos tres años de vida. Sus obras terminaron siendo donadas por el artista al rey.

El arrebatado pintor húngaro creía que en esos tres años lograron torcerle la voluntad con pócimas secretas. Por ello buscaba reivindicarlo pintando la Mona Lisa de nuevo. Una obsesión que lo llevó a matar a las jóvenes modelos que no le servían.

En el cuerpo de las víctimas dejaba  una firma de Leonardo Da Vinci realizada con la mano derecha, que fue descubierta en el Archivo de Estado de Milán, en un documento notarial con fecha del 25 de abril de 1483. El artista solía firmar sus obras con la mano izquierda, de manera que solo pudieran ser leídas delante de un espejo.

La última víctima registrada fue una paisana de Nusmiekik. Un policía de  Miskolc, Peter Kcosis, manejaba cierta información con respecto a la relación del artista con la muerte de una joven becaria de la Universidad Eötvös Loránd en Budapest, llamada Ayka Tuhyuith; siempre con el móvil de la niña que posa para el afamado creador, con la promesa de hacerla famosa.

El intento de robo

Frank Nusmiekik comprendió en un momento de lucidez que era imposible emular a su maestro, por ello se puso en contacto con un grupo de extremistas albaneses para robar La Gioconda del Museo del Louvre.

Planificaron meticulosamente cada detalle para evitar cualquier error. La seguridad del museo era una barrera difícil de penetrar. La inteligencia gala logró averiguar los planes por una delación de una marroquí que regentaba un prostíbulo de moda y que solicitó 50.000 francos para revelar todos los planes de la célula terrorista.

Tenían meses operando en un hotel cercano al museo. El gran golpe estaba planificado para el 11 de marzo. Dos días antes, en la noche, la policía llegó de improviso y atrapó a ocho de los miembros de la banda. Se encontraron planos y una descripción exacta del lugar donde se encuentra La Gioconda. Casi todos los miembros de la operación fueron capturados y llevados a juicio, por lo cual fueron condenados a cincuenta años de cárcel.

Solo el húngaro pudo huir al atravesar un viaducto. Días después asesinó a la prostituta cuando esta se dirigía a Viena. Se disfrazó de religiosa y cuando la mujer entró al baño la degolló.

Escape sensacional

En tres oportunidades las autoridades francesas estuvieron a punto de capturarlo. En una ocasión la gendarmería llegó veinte minutos después de su evasión en un camión refrigerado de carne porcina hasta la frontera. Con la confabulación de unos amigos carniceros fue ocultado debajo de varias piezas con un traje especial y una bombona de oxígeno. Con este plan lograron eludir seis puestos de control.

Luego, huyó por el norte del país, con pasaporte diplomático falso, utilizando el Canal de la Mancha para llegar al Faro de Cabo Gris Nez, en la costa del Ópalo, para posteriormente dirigirse al puerto de Dover, en Inglaterra. Tres días después salió tranquilamente por el aeropuerto internacional de Manchester.

Scotland Yard no pudo romper el cerco que lo protegió por todo el condado de Cheshire, hasta dejarlo en el terminal aéreo con una identidad falsa robada a un empresario holandés de gran parecido con él. Desde Manchester viajó a Bruselas hasta enrolarse en un periplo que lo llevó hasta Bruselas.

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