Los siete viejos de París

ENSAYO0
De repente vemos las cosas como no las habíamos visto nunca. Se vuelven prodigiosas e inasibles, se escapan de las palabras.  Una escalera, una mesa en una habitación, una ventana en la calle nos asombra como si no las hubiéramos visto nunca. Lo conocido y domesticado se vuelve desconocido y libre. Eso es lo que dice Novalis que hay que hacer para escribir de modo romántico. También así es como ve Krishnamurti cuando se libera de todos los conceptos y pensamientos. El mundo cobra una dimensión impetuosa e irrefrenable, dice. Y es lo que le pasa a Hofmansthal cuando de repente el lenguaje ya no le sirve de encierro. Entra en un vértigo en el cual las palabras todas le parecen inútiles.

A mí me ha ocurrido eso a veces en una habitación. Lo que había visto miles de veces durante años de repente se me muestra mágico y evocador, lleno de vida, repleto de interés. Me parece mentira que no le diera importancia. Toda la habitación cobra un halo mágico, los muebles se llenan de un lirismo irrefrenable. Eso es lo que le ocurre a Emily Dickinson, aunque nunca salga de su casa. Es lo que le pasa a Proust cuando está metido en el aburrimiento y de repente un día, sin pensarlo, toma una magdalena y le regresa toda su vida con una potencia increíble, con una riqueza inabarcable.

Baudelaire se aburre toda su vida, siempre está hablando del spleen. Ni siquiera el viaje le sirve, cuando lo mandan en un viaje a la India quiere regresar antes del final. Pero un día ve siete viejos que se suceden en París y se encuentra ante lo extraño y ya no se aburre. Siente angustia o inquietud, pero ya no se aburre. Incluso quiere entrar en la muerte para encontrar algo diferente y entonces seguro que lo encontrará.

Étienne Carjat. Retrato de Charles Baudelaire (c.1862)

Estamos encerrados en nuestros hábitos, en nuestro lenguaje, en las trampas de la lógica y no podemos ver. Si vemos tiene que ser moderada y controladamente. Zenón nos dice que el movimiento no existe, que Aquiles no puede encontrar nunca a la tortuga y lo demuestra irrefutablemente. Pero de repente Aquiles suelta esas zarandajas intelectualistas y se levanta y ve que puede alcanzar a la tortuga, incluso rebasarla, incluso le puede pegar una patada, y ve que el movimiento existe y que la vida existe. Estamos metidos en una casa lógica que nos hemos fabricado y no vemos el mundo que está fuera. Pero un día nos despistamos y entra torrencialmente por la ventana. Eso es la visión. En ocasiones vemos pese a todo y a pesar de todos.

Así funcionan los genios muchas veces. Se dice que Mendeleiev soñó la tabla periódica de los elementos. Algunos dicen que Einstein tuvo de golpe la idea de la relatividad. Las grandes ideas vemos de repente, de repente se rasgan los velos y vemos la intemperie con toda su fuerza. Y el mundo parece monstruoso o lleno de seres. Pero así funcionamos también todos. De repente un anochecer vemos que nos hemos equivocado toda la vida, que llevábamos una dirección inadecuada. Nos damos cuenta de todas las estupideces que hicimos, de las manías y obstinaciones que teníamos. San Pablo se cae del caballo y se da cuenta de que el cristianismo es una religión con mucho más futuro.

La visión es mirar directamente lo que muchas veces nos pasamos la vida entera evitando al dar vueltas. Merodeamos alrededor de la puerta y no vemos la puerta. Damos vueltas alrededor del mundo y no vemos el rosal que estaba a la puerta de la casa. A veces se consigue ver al final de una vida, otras veces no se ve nada y se está toda la vida en la ofuscación. Con frecuencia nos pasamos vidas enteras encerrados en doctrinas o en prejuicios o en hábitos y no somos capaces de ver la vida. Por delicadeza he perdido mi vida, decía Rimbaud. Él sí que se atrevió a ver en momentos fulgurantes, rompiendo con las rémoras de la sociedad, con las convenciones, con la moderación. Y así vieron los grandes profetas que hablaron con los dioses, los creadores de mitos.  Claro que muchas veces su entorno no les hace caso, como a Casandra. Muchas veces vemos un árbol a la puerta de la casa y los listillos nos demuestran con argumentos irrefutables que no existe. La lógica siempre es irrefutable. Y si se refuta ya se encargan los mandarines de decirnos que estamos locos y mandarnos callar o ridiculizarnos.

Todo el mundo tiene una experiencia mística alguna vez, eso lo muestra muy bien Georges Bataille en “La experiencia interior”. La gente cree que la mística es algo abstracto e intelectual, algo árido y vacío, pero, al contrario, es una experiencia muy concreta, es algo que arrebata y levanta en el aire, porque se supera el concepto de arriba y de abajo. Uno se encuentra en medio del universo, en la plenitud, en la infinitud de las cosas, con la infinitud de uno mismo. Uno es capaz de sentir con todo su ser, sin hacer caso de nadie, escapado de todas las cárceles, de todas las mediaciones, y contactar con toda la vida. Entonces se siente un júbilo inexpresable, que generalmente después hay que callar, porque nadie entenderá, porque no habrá lenguaje para decirlo. Es como meterse en el agua y luego tener que secarse con una toalla.

Tenemos establecido que el mundo es limitado y vulgar, y que sigue estrictamente las leyes (racionales, científicas) que nosotros le hemos marcado. Hemos decidido que solo la vulgaridad es real. Y si un día vemos que el mundo es un prodigio y una maravilla, una tormenta sin fin, un baile de visiones, tendremos que callarnos. Y sin embargo el mundo más allá de nuestras reglas se ríe de ellas. Lo peor es para nosotros que nos encerramos y no queremos ver. Todo lo que es grande y prodigioso decidimos que es irreal, que es inverosímil, que no cumple las leyes. Ja, ja, ja, dice el mundo más allá de nuestras leyes. Por eso Bataille en el fondo de su experiencia mística siente una gran carcajada. Y para Nietzsche la culminación de la experiencia es la risa inagotable de la vida.

Si el propósito de la cultura moderna a partir del Renacimiento es trivializar y enjaular la vida lo ha conseguido hasta cierto punto. Y al final Max Webber dice que el mundo ya no tiene encanto, y Walter Benjamín dice que las obras ya no tienen aura. Pero las otras épocas también se encerraban en doctrinas y dogmas, y tenían inquisiciones para encerrarnos en ellas. Y los místicos y visionarios siempre eran peligrosos y rebeldes, y molestaban a las jerarquías que decidían lo que podía verse y lo que podía decirse.  Por eso también prohibían leer ciertos libros, o leer libros en general, porque los libros aportan visiones. Y los poetas y los artistas en general siempre tuvieron dificultades, porque el arte en el fondo siempre es una visión, y si tenía que ilustrar una doctrina se escapaba secretamente de ella, o iba más allá de ella, como si el artista fuera un infiltrado. Y la novela siempre fue un género que mostró los sentimientos y los deseos mucho más allá de la vida regulada y corriente, la novela en el fondo siempre fue una visión de la vida profunda que se escapaba a los hábitos y a las rutinas en que se esclaviza a la gente. La novela mostraba el torrente profundo de la vida, y los clérigos la persiguieron encarnizadamente, para que no se alteraran las mujeres, que eran las que mayoritariamente las leían.

Pero el ímpetu de la vida no puede agotarse, aunque nos escapemos de él, igual que en una película de Shyamalan el color rojo existe, aunque lo hayan eliminado unos tipos que viven en un pueblo aislado, y el exceso que propone William Blake siempre está a punto porque el manantial brota más allá de las cisternas. El infierno existe (en el sentido de ilimitación, de mundo desconocido) aunque pretendamos imponer el cielo, y por eso Rimbaud en “Una temporada en el infierno” en realidad vio los excesos de la vida, y Orfeo salió a los mundos desconocidos. Pero el infierno (en el sentido de lo desconocido y el exceso) está aquí al acecho en cualquier momento, en cualquier esquina. Siempre poder ver, digan lo que digan.

Portada: Aimé-Daniel Steinlen, Los siete viejos (1976).

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