Lidia Jorge: “La literatura lava con lágrimas ardientes los ojos de la historia”

La escritora más importante de la lengua portuguesa es una de las invitadas a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, FILBo

Lidia Jorge es la escritora que vivió varios momentos decisivos en la historia de Portugal y que llenan las páginas de sus novelas y relatos. Lidia Jorge es también la mujer que reconoce que la dictadura le robó a los hombres de su familia, quienes tuvieron que emigrar para que, al final, la mayoría de ellos nunca volviera. A pesar de la mala educación de la época, Lidia Jorge se encontró con profesores maravillosos que aún caminan a su lado.

 

La autora se consolidó en el ámbito literario portugués gracias a su novela La costa de los murmullos, cuya trama transcurre durante la guerra colonial en Mozambique: “En África nunca fui extranjera, me encontraba del lado de los colonos, los que hacían la guerra para impedir la autodeterminación de los territorios que vendrían a constituir los nuevos países. Dentro de esa estructura fui una espía que aprendía, cada día, una lección de la historia de la colonización. Una espía entre dos culturas”, señala, al tiempo que admite que escribió esa obra para ayudar a no olvidar la guerra.

 

Por lo general, la crítica la clasifica dentro del realismo mágico, etiqueta que a Jorge no le molesta; sin embargo, aclara que “la subversión que el realismo mágico propuso liberó la escritura y el pensamiento de los hierros de la realidad concreta. Pero en mi caso, lo maravilloso en sí mismo nunca fue un camino. Creo que puedo decir que mi ‘irrealismo’ proviene de la fantasía subjetiva”.

 

¿Se considera más una narradora que una cronista de su tiempo?

–Me considero una narradora. Si me preguntas lo que pienso del mundo, no construiré una argumentación filosófica, escribo una demostración que empieza por “era una vez”. Para mí, “era una vez” es un modo de entrar en la realidad y revelarla. En ese sentido, también soy una cronista de mi tiempo, pero la crónica que construyo no dispensa la alucinación. Confieso que mis escritos se originan del mundo real y de mis vivencias, pero ante el papel, la realidad imaginada o ficcional es la única que me interesa.

 

–¿Para qué sirve escribir sobre la historia reciente de un país, especialmente cuando ésta, a veces, es dolorosa y quizás los ciudadanos lo que buscan es olvidar el pasado?

–Las sociedades quieren olvidar los momentos de sufrimiento. Pero estos no pueden olvidarse. Si se olvidan, la tragedia regresará rápidamente, tomará de las manos a los olvidados para infligir de vuelta las mismas miserias. La Literatura, la Historia, o como decía Carlos Fuentes, la Segunda Historia, sirve para hacer eternamente presente la experiencia cosechada en las curvas duras del tiempo. La literatura lava con lágrimas ardientes los ojos de la historia.

 

–Usted dijo recientemente en una entrevista que el papel de la literatura es inquietarnos; también ha comentado que la literatura tiene una labor ética. En su caso, ¿su obra ha conseguido tal propósito?

–La literatura sirve para mantenernos despiertos y vigilantes sobre nuestra propia naturaleza. Fue lo que pretendió el autor de la Ilíada, y desde entonces, todos aquellos que se entregan al trabajo de narrar su tiempo, lo hacen para que sea memorable para sus contemporáneos y los venideros. Yo también padezco esa ambición, que en el fondo corresponde a una cierta deontología de todo el escritor. La ética en la literatura no se alcanza en el plano moral, sino en el nivel de la belleza.

 

–Usted vivió una dictadura y una guerra. En estas circunstancias, ¿la mujer es la que más sufre?

–Sí, es común decir que son las mujeres quienes más sufren. Hay razones de sobra para afirmarlo. Pero creo que son los niños los que más sufren. Sobre los niños caen todas las miserias de los hombres y de las mujeres: la violencia, el silencio, el rapto, la desinformación y la muerte. El mal que proviene de las vidas oprimidas de la madre y del padre, y del grupo donde éstos se mueven. Son ellos, los niños, quienes se quedan con un sello en la frente para siempre. En nombre de ellos y del futuro no deberían existir ni dictaduras ni guerras.

 

–¿Se identifica con otros autores que han escrito sobre las dictaduras o las guerras en sus países?

–Admiro libros que viven en mi memoria como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, Los siete pilares de la sabiduría de Thomas Edward Lawrence, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, o Puerto Sudán de Olivier Rolin. Cualquiera de estos autores partió de su propia experiencia, enfrentó su contemporaneidad, escribió sobre ella y creó obras que durarán mientras haya lectores.

 

–¿Sus novelas están pobladas de perdedoras o de supervivientes?

–En general, mis personajes son perdedoras y sobrevivientes porque se quedan para contar y hablar de su propia salvación, porque dan su testimonio. Mi mayor perdedora se llama Milene, es la figura central de O Vento Assobiando nas Gruas. Ella es oligofrénica, le robaron la fertilidad, la utilizaron políticamente; ella no es nadie, pero es el vehículo de denuncia para una familia y contra un sistema.

 

–La literatura portuguesa se caracteriza por ser melancólica o como diría Saramago, llena de “saudade”.

–Sí, es una literatura íntima, reflexiva, poética, edificio litúrgico, como si los grandes escritores portugueses necesitaran de la repetición y la solemnidad para lograr el sentido más profundo. Hay una cosa religiosa en el habla portuguesa, incluso cuando se escribía desde un sentimiento profundamente ateo, como es el caso de Virgilio Ferreira y del propio José Saramago. Pero no puedo llamar pesimista a una literatura llena de energía en su construcción. Es una literatura llena de vitalidad. Detrás de los escritores portugueses hay un país muy resistente que no les permite la banalidad.

 

–Alguna vez escribió: “Tenía veinte años cuando aprendí que la paz no nos es dada como un don natural… Aprendí que el tiempo de paz engendra una cierta nostalgia”.

–Hoy en día, la paz es un niño con los dos pies posados sobre una pelota, jugando al borde del abismo. Esto para decir que vivimos bajo la amenaza de un peligro eminente. Mi esperanza es que aunque todos los días estamos al borde de una guerra, todos los días, también, estamos a punto de evitarla.

 

–Justamente ese libro fue adaptado al cine. ¿Quedó contenta con la película?, ¿qué le pareció?

La costa de los murmullos tuvo la suerte de haber inspirado una película maravillosa. A partir de su historia, Margarita Cardoso creó una película de una sutileza impresionante. Sin embargo, son dos objetos distintos. Yo diría que la película de Cardoso es más pacifista, pero feminista y más intimista que mi libro, pero me veo en ese desvío. La película gana con él, sustituyendo en imagen lo que de la literatura no puede pasar al dominio del cine.

 

–¿Qué queda de la Lidia Jorge que escribió su primer novela O día dos prodigios?

–Permanece igual. Solo que ahora usa ropa más ancha.

 

–¿Qué palabra borraría de su diccionario y por qué?

–No quitaría ninguna palabra del diccionario. Todas me hacen falta, incluso la más fea de todas que es la palabra “gusano”. De hecho, faltan palabras en los diccionarios porque le faltan palabras a la humanidad. No hay palabras suficientes para explicar el amor, la rabia o la nostalgia. Incluso la palabra más fea de todas, “gusano”, carece de variables, porque una cosa es el minúsculo animal invertebrado que anda en el interior de la fruta, y otra es el ser humano al que se aplica, y por triste que sea, hay seres así.

 

–Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Lidia Jorge?

–En Lisboa, tengo dos ventanas en una habitación. En una, el sol entra por la mañana. Por la otra, al oriente, el sol se pone al final del día. Como las ventanas son paralelas, las imágenes se reflejan recíprocamente, como espejos. Así, todas las mañanas, nacen varios soles, todas las tardes, suceden varios ocasos. Me siento bien en medio de esa ilusión. Un arquitecto desconocido me ha ofrecido este universo que no tiene fin.

  • Diario El Universal, C.A.

DULCE MARÍA RAMOS

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